Juan Diego Mascheroni - Director - MASCOBAS
08 May
08May

El contexto comercial de 2026 es diferente y los atrasos pueden aparecer con mayor frecuencia. Pero es necesario advertir el problema antes de financiar el negocio de otros.


Durante mucho tiempo, que un cliente se atrasara era una excepción. 

Una cosecha que se demoraba, una campaña que no había salido como se esperaba, un problema puntual de caja. 

Se hablaba con el cliente, se acordaba una fecha y, en la mayoría de los casos, el tema terminaba ahí.

Pero algo parece estar cambiando. 

Los datos del sistema financiero muestran un aumento de la irregularidad del crédito a las empresas durante los primeros meses de 2026. El indicador pasó del 2,5% en diciembre de 2025 al 3,5% en mayo de este año. Y el propio Banco Central de la República Argentina (BCRA) señaló que el incremento registrado al cierre de 2025 estuvo explicado, entre otros sectores, por empresas vinculadas a la producción primaria.

En mayo, los cheques rechazados por falta de fondos representaron el 2,1% de las cantidades compensadas y el 1,4% de los montos. Un año antes, esos porcentajes eran 1,39% y 1,24%, respectivamente.

Estos datos fríos llevan a hacerse una pregunta: ¿Qué pasa cuando pagar fuera de término empieza a dejar de ser una excepción? Porque hay una diferencia importante entre tener un cliente que no paga y tener muchos clientes que pagan, pero cada vez más tarde.

Porque hay una diferencia importante entre tener un cliente que no paga y tener muchos clientes que pagan, pero cada vez más tarde.

El primero es un problema puntual. El segundo puede convertirse en una forma silenciosa de financiar el negocio de otros.

Paga, pero... ¿cuándo?

En muchas empresas del agro, el problema no aparece necesariamente cuando el cliente deja de pagar. Aparece antes. 

Un cheque que se reemplaza, una cuenta corriente que se estira otros treinta días, una promesa de pago que vuelve a correrse, un cliente que antes pagaba a término y ahora necesita más plazo. Y después otro. Y otro.

Hasta que la empresa mira su cartera y descubre que tiene una cantidad importante de dinero en la calle, financiando a clientes que, en muchos casos, siguen siendo buenos clientes. 

Ahí aparece una de las situaciones más difíciles: el peligro de acostumbrarse.

Porque cuando el atraso empieza a naturalizarse aparecen frases que todos conocemos:"Siempre paga.", "Está esperando la cosecha.", "El mes que viene se acomoda.", "Me pidió unos días más.", etc. Cada una de esas situaciones puede ser razonable de manera individual. El problema aparece cuando dejan de ser excepciones y se convierten en la firma habitual de cobrar. La empresa empieza a trabajar con una cartera que, en los papeles, está vendida. Pero en la realidad, todavía no está cobrada.

Cobrar no es solamente reclamar.

Frente a esta realidad, la solución no necesariamente consiste en presionar más ni en generar fricción con los clientes. 

Consiste en cobrar mejor. Detectar rápidamente cuándo un cliente empieza a desviarse de su comportamiento habitual. 

Diferenciar entre un atraso circunstancial y una dificultad financiera más profunda.

Es necesario pedir fechas concretas. Registrar compromisos. Hacer seguimiento profesional.

Y, cuando sea necesario, acordar una refinanciación o buscar una alternativa de pago que permita recuperar el crédito sin destruir una relación comercial que todavía puede tener valor.

No todos los atrasos son iguales. 

Hay clientes que tienen un problema puntual de liquidez y necesitan unos días. Hay otros que necesitan refinanciar y hay quienes pueden pagar, pero priorizan otras obligaciones o esperan contar con mayor previsibilidad antes de hacerlo.

También están aquellos que directamente están atravesando un deterioro financiero que requiere tomar decisiones diferentes. 

Tratar a todos de la misma manera puede ser tan perjudicial como no hacer nada. Porque cobrar bien también implica saber leer al deudor. Y actuar en consecuencia.

La nueva normalidad no debería ser cobrar tarde

Quizás tengamos que aceptar que el contexto comercial de 2026 es diferente y que los atrasos pueden aparecer con mayor frecuencia. 

Lo que no deberíamos aceptar es que eso signifique que las empresas tengan que acostumbrarse a cobrar cuando el cliente decide pagar.

Porque vender y cobrar son dos momentos diferentes de una misma operación. 

El cobro necesita ser gestionado.

En un contexto donde la mora parece ganar espacio, quizás el mayor riesgo no sea la mora en sí, sino acostumbrarse a ella y dejar de verla como un problema que se puede -y se debe- gestionar.

Porque el cliente puede seguir siendo bueno. La relación puede seguir siendo buena. 

Pero cobrar a tiempo sigue siendo parte del negocio.

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